Se encontraron la sección de Poesía. Él descubría con ojos de niño recién despierto, un libro de Alberti.
Ella venía de pelearse con la estantería de la sección de Idiomas. Llevaba entre sus brazos un libro de ejercicios de inglés de nivel básico y un diccionario del que sobresalía un cdrom, porque se ha propuesto mejorar su nivel, a ver si así consigue un trabajo mejor. Ya que no fuma y por tanto, no puede prometer que en 2008 va a dejarlo, el inglés le pareció un reto tan fácil de incumplir como no probar el tabaco.
Pasó rápido por la sección de literatura de bolsillo, y fue hacia su lugar secreto.
Él le tapaba la vista, sucumbido por los versos de Alberti. Ella, menor de estatura, buscaba un hueco por el que poder ver si quedaba algo de Ángel González. Visto que no había manera, se acercó a otra estantería. Él la observaba, camuflado a través de su libro, mientras ella repasaba con su dedo, lomo a lomo, en busca de algo que le interesase.
Pasó por la I, la J, la K, la L, la M, la O... Y en la P encontró "Poemas y Antipoemas", de Nicanor Parra.
[...] Yo iba de un lado a otro, es verdad,
Mi alma flotaba en las calles
Pidiendo socorro, pidiendo un poco de ternura;
Con una hoja de papel y un lápiz yo entraba en los cementerios
Dispuesto a no dejarme engañar.
Daba vueltas y vueltas en torno al mismo asunto,
Observaba de cerca las cosas
O en un ataque de ira me arrancaba los cabellos. [...]
Ella intentaba concentrarse en cada ripio, a pesar de la mirada tímida pero descarada de su compañero de sección. Cambió de página.
[...] Como queda demostrado, el mundo moderno se compone de flores artificiales
Que se cultivan en unas campanas de vidrio parecidas a la muerte,
Está formado por estrellas de cine,
Y de sangrientos boxeadores que pelean a la luz de la luna,
Se compone de hombres ruiseñores que controlan la vida económica de los países
Mediante algunos mecanismos fáciles de explicar;
Ellos visten generalmente de negro como los precursores del otoño
Y se alimentan de raíces y de hierbas silvestres.
Entretanto los sabios, comidos por las ratas,
Se pudren en los sótanos de las catedrales,
Y las almas nobles son perseguidas implacablemente por la policía.
El mundo moderno es una gran cloaca:
Los restoranes de lujo están atestados de cadáveres digestivos
Y de pájaros que vuelan peligrosamente a escasa altura.
Esto no es todo: Los hospitales están llenos de impostores,
Sin mencionar a los herederos del espíritu que establecen sus colonias en el ano de los
recién operados. [...]
Ella cerró el libro y lo dejó cuidadosamente puesto en el mismo lugar en el que se encontraba antes de haberlo cogido, entre otros libros. Y echó a andar hacia la salida.
Él miró como se alejaba, y cogió aquel libro. Lo acarició con una mano mientras lo sostenía con la otra. Abrió al azar, y leyó:
[...] Sin embargo sucede, sin embargo,
Lo que a esta fecha aún me maravilla,
Ese inaudito y singular ejemplo
De morir con mi nombre en las pupilas,
Ella, múltiple rosa inmaculada,
Ella que era una lámpara legítima.
Tiene razón, mucha razón, la gente
Que se pasa quejando noche y día
De que el mundo traidor en que vivimos
Vale menos que rueda detenida:
Mucho más honorable es una tumba,
Vale más una hoja enmohecida,
Nada es verdad, aquí nada perdura,
Ni el color del cristal con que se mira.
Hoy es un día azul de primavera,
Creo que moriré de poesía,
De esa famosa joven melancólica
No recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo
Como una paloma fugitiva:
La olvidé sin quererlo, lentamente,
Como todas las cosas de la vida. [...]
Ella se giró y le vio recorriendo versos. Él le devolvió la sonrisa.
Ell quería volver, pero ya había llegado a las escaleras mecánicas.
Un trámite
Hace unas semanas murió mi hermano Mateo. Me avisaron tarde, demasiado tarde para llegar al entierro, para darle un último adiós. No es como cuando Madre, esta vez ha sido peor. No porque mi hermano significara más que Madre, sino que cuando murió Madre, yo era joven, podía estar 16 horas en un tren aunque solo fuera para una hora de entierro.
Ahora ya soy viejo. Por eso me avisaron más tarde que a los que viven allí, para que no tuviera que perder los nervios buscando un tren, un autobús o un avión para llegar. Lo peor de todo es que no se dan cuenta de que me están matando poco a poco aunque no sea esa su intención. Ya no es que uno se vuelva torpe, sino que lo convierten en un mueble viejo e inservible.
Acabé en la cama. Sin levantarme, tres días. Apenas sin comer. Esta vejez impuesta hace que apenas tenga recuerdos de Mateo. Tan sólo imágenes de hace un año, cuando él ya estaba en la residencia y negaba que yo fuera su hermano. Poco me queda de aquellos días en los que recogíamos tomates, o nos peleábamos para participar en la matanza. Por no tener, no puedo quedarme ni con el recuerdo de su entierro.
Me enteré de la muerte de Mateo por la mañana. Sonó el teléfono. Lo cogí yo, aunque no suelo hacerlo. Soy de pocas palabras, y de menos, por teléfono. La voz era la de mi sobrina Elena, que me dio la noticia de una forma tan calmada, que no me sorprendió. ¿Cuándo fue? le pregunté. 'Ayer por la tarde, tío', me dijo. Y me avisáis ahora, le reproché. 'No está usted en condiciones de viajar, así que no se preocupe por nada, que todo va a ir como siempre'. Como siempre.
Como siempre significa repetir el ritual. Morirse al final, sólo es un trámite.
Ahora ya soy viejo. Por eso me avisaron más tarde que a los que viven allí, para que no tuviera que perder los nervios buscando un tren, un autobús o un avión para llegar. Lo peor de todo es que no se dan cuenta de que me están matando poco a poco aunque no sea esa su intención. Ya no es que uno se vuelva torpe, sino que lo convierten en un mueble viejo e inservible.
Acabé en la cama. Sin levantarme, tres días. Apenas sin comer. Esta vejez impuesta hace que apenas tenga recuerdos de Mateo. Tan sólo imágenes de hace un año, cuando él ya estaba en la residencia y negaba que yo fuera su hermano. Poco me queda de aquellos días en los que recogíamos tomates, o nos peleábamos para participar en la matanza. Por no tener, no puedo quedarme ni con el recuerdo de su entierro.
Me enteré de la muerte de Mateo por la mañana. Sonó el teléfono. Lo cogí yo, aunque no suelo hacerlo. Soy de pocas palabras, y de menos, por teléfono. La voz era la de mi sobrina Elena, que me dio la noticia de una forma tan calmada, que no me sorprendió. ¿Cuándo fue? le pregunté. 'Ayer por la tarde, tío', me dijo. Y me avisáis ahora, le reproché. 'No está usted en condiciones de viajar, así que no se preocupe por nada, que todo va a ir como siempre'. Como siempre.
Como siempre significa repetir el ritual. Morirse al final, sólo es un trámite.
Relacionado con:
Reportaje: con la maleta a cuestas
Uno se hace viejo

Uno empieza a darse cuenta de que se hace viejo cuando acumula más olvidos que recuerdos. Y de eso me he dado cuenta hoy, cuando la niña ha venido con esta foto a preguntarme sobre ella.
He tenido que levantarme del sillón y acercarme a la luz del comedor. Sólo he conseguido ver un borrón de manchas blancas y negras, así que me he puesto las gafas.
Pero ni con esas. Sólo recuerdo pequeños detalles. Las caras, no las reconozco, sólo sé que el de la barba era comunista y que aquel día estaríamos hablando de las condiciones de trabajo en asamblea clandestina.
Sé que la foto fue tomada en Barcelona, pero nada más. No sé por qué estoy con el martillo en la mano, a la izquierda, bromeando con un compañero, con golpearle la cabeza. Debía ser invierno, por la hoguera apagada a nuestros pies.
No sé en qué obra era... Calculo que sería a principios de los 70, al poco de llegar a Barcelona.
La niña ha vuelto a la habitación, algo contrariada, al no ver respondidas sus preguntas. Lo que no sabe es cómo me siento ahora de viejo, lo que significa sólo encontrar enigmas difíciles de resolver, porque los recuerdos perdidos no vuelven. Lo peor de todo es tener la certeza de que seguiré olvidando más cosas. Más caras, más vivencias, y todo eso morirá conmigo.
En qué maldita hora encontraría la niña esta jodida foto. Estoy viejo, y eso, amigo mío, no tiene remedio.
He tenido que levantarme del sillón y acercarme a la luz del comedor. Sólo he conseguido ver un borrón de manchas blancas y negras, así que me he puesto las gafas.
Pero ni con esas. Sólo recuerdo pequeños detalles. Las caras, no las reconozco, sólo sé que el de la barba era comunista y que aquel día estaríamos hablando de las condiciones de trabajo en asamblea clandestina.
Sé que la foto fue tomada en Barcelona, pero nada más. No sé por qué estoy con el martillo en la mano, a la izquierda, bromeando con un compañero, con golpearle la cabeza. Debía ser invierno, por la hoguera apagada a nuestros pies.
No sé en qué obra era... Calculo que sería a principios de los 70, al poco de llegar a Barcelona.
La niña ha vuelto a la habitación, algo contrariada, al no ver respondidas sus preguntas. Lo que no sabe es cómo me siento ahora de viejo, lo que significa sólo encontrar enigmas difíciles de resolver, porque los recuerdos perdidos no vuelven. Lo peor de todo es tener la certeza de que seguiré olvidando más cosas. Más caras, más vivencias, y todo eso morirá conmigo.
En qué maldita hora encontraría la niña esta jodida foto. Estoy viejo, y eso, amigo mío, no tiene remedio.
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